Contrastes necesarios

Contraste estacional en el Alto Esla (León)

Cambios

La montaña, o el simple y cotidiano contacto con el medio natural, da muchas, muchísimas enseñanzas que podemos aplicar a nuestra vida. Al menos, ese ha sido siempre mi caso.

Desde hace años reflexiono sobre los cambios que una persona tiene a lo largo de su vida. Cambios que vienen dados muchas veces por factores externos, pero también a veces por factores internos. 

Dejamos de pensar lo que ayer defendíamos a capa y espada. Abandonamos costumbres que creíamos imperecederas. Nos alejamos de personas o ellas se alejan de nosotros…

Tantos son los motivos y tantas son las consecuencias que producen cambios, que debo ser breve si aún continuas leyendo este post que no va de rutas o turismo rural (como, querido/a lector/a, te habrás percatad@), sino de filosofía que la naturaleza puede aportar para llevar mejor el día a día de nuestra vida.

Simplemente me gustaría compartir contigo estas palabras, con las que quizás también te sientas identificado o identificada.

 

El río Porma bajo una potente xelada leonesa

Apego, dulce y duro apego

Los seres humanos solemos tenemos apego a las cosas, a la tierra, a las personas, a nuestros hábitos… y cuando los cambios llegan, puede ser difícil la transición, más cuando no ha sido nuestra intención cambiar.

Por eso duele. Por eso intentamos viajar al pasado. Por eso nos aferramos a lo poco que queda de ese ciclo que acaba o ha acabado.

Tenemos pues que buscar consuelo de alguna manera, sanar, mirar hacia adelante… intentar asumir y transitar hacia un nuevo ciclo cerrando heridas que a veces creemos que nunca se van a cerrar. 

Pero es que eso es la vida. ¿Qué fácil verdad?. Nunca me ha gustado asumirlo o decirlo, pero es que no queda otra que aceptarlo. La vida es así: puro cambio. Y es que es en lo que más se diferencia de la muerte: que en la vida hay cambios, y en la muerte, parece que no muchos.

Dice Álvaro Neil que «abrazar la incertidumbre es vivir con serenidad», y no va mal desencaminado. Porque debemos acostumbrarnos a que poco dura eternamente. Eso no quiere decir que debamos cambiar nuestros principios cada día o no tener apego a algo o alguien. Pero si que debemos asumir que las energías se transforman, avanzan, retroceden… Hemos de deslizarnos junto a ellas y no contra ellas.

El río Torío en su brillante esplendor primaveral

Vuelvo a decirlo: ¿Qué fácil parece todo, verdad?.

No, no es nada fácil, porque el corazón muchas veces no atiende a las razones que la mente si acepta. Somos seres con sentimientos. Y eso es una desventaja a la hora de los cambios.
Por eso muchas personas necesitan ayuda, consejos, sanación y mucha filosofía para levantarse de duras caídas.
Y es cuando la montaña, la naturaleza, entra en escena.
Ahora, que entramos en el otoño camino del invierno, es buen momento para examinar el paisaje.
Esos chopos que amarillean, esas fayas que se tornan casi naranjas… no están haciendo otra cosa que cambiar de ciclo, mejor dicho, de prepararse para el ciclo que vendrá.


Todo lo que nos rodea se compone básicamente de dos. El número dos. Las dos caras. Los dos lados: luna y sol, día y noche, vida y muerte. Pero también existe una apasionante escala de grises, el proceso de transformación o metamorfosis, si se me permite.
Y es que para llegar a primavera, a una primavera esplendida y radiante, primero ha de llegar el invierno, largo, oscuro y duro.

Junto al río Porma, del que mucho he aprendido

Sin invierno no habría primavera

No te apene ver como se desvanece esa preciosa primavera a lo largo del verano y el otoño, porque es un ciclo necesario para que todo pueda empezar de nuevo, una y otra vez.

Eso es equiparable a los cambios de nuestra vida. Hay cosas que mueren para que se de paso a un nuevo nacimiento. Es el camino entre esa muerte y la nueva vida lo que nos asusta, lo que nos hace esforzarnos y agarrarnos en la fe, en el perdón, en el crecimiento… en tantas cosas…

Pero al final llega, de una forma u otra, la primavera vuelve al paisaje y a nuestro corazón.

Quizás sean las más bellas primaveras aquellas que han sido precedidas de tormentosos inviernos de nieve, frío, oscuridad y aparente muerte. Cuando no se veía luz al final del camino, ni esperanza. Solo duelo y desconsuelo. 

Pero mira, mira el aprendizaje que recibiste: corregiste creencias y errores, aprendiste nuevas formas de adaptarte, y, estoy seguro, también te hiciste más fuerte, sin perder la sensibilidad ni la dignidad.

Así que, mucho ánimo si estás pasando por ese camino invernal porque no va durar eternamente, al igual que tampoco durará la primavera, ni el verano ni el otoño.

Te dejo esta canción de la gran película Mar Adentro de Alejandro Amenabar y Carlos Nuñez. Una música y una historia que me emociona profundamente.