Breve canto a mi tierra,
que sanará de estas heridas de fuego,
y volverá a brillar entre ocres hayas y blancas peñas.
La mi tierra es de nieve. De agua. De hielo.
Blanca y azul, radiante bajo el sol. Misteriosa entre la niebla y el cierzo.
Mi tierra y mis antepasados son inmortales entre los trecheros del monte y las lleras de la peña.
Jamás la tierra quemada pudo más que el secreto invernal de una resucitadora primavera.
Caballos de sublime belleza fueron siempre grabados en las piedras sagradas de mi tierra. Relieve vadiniense de jaya, madreña y arándano.
En ellos encontraron mis antepasados el ideal de libertad y fuerza que todo este verde suelo desprende. Montañas indómitas del noreste de León, salpicadas de cierzo cantábrico, doradas por el sol de sur ribereño.
Allí encuentran mis raíces los nutrientes para que el árbol de la vida siga extendiendo su mensaje más allá de la falsa muerte, más allá del atroz fuego que las malas hierbas consiguieron imponer, solo temporalmente.
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